Las turbulentas presidencias del Tribunal Electoral

Javier Martín Reyes, Profesor Asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE, y Jesús Garza Onofre escribieron el capítulo Las turbulentas presidencias del Tribunal Electoral en el libro Ni Tribunal Ni Electoral.

 

Introducción

Para bien y para mal, “ciudadanizar” es un verbo que en la democracia mexicana goza de muy buena fama. Lamentablemente, en cuanto se trata de la justicia electoral, de manera paradójica, ésta no ha logrado interesar a la propia ciudadanía. Las razones del desencanto son muchas y no faltará quien afirme que la culpa es de los mismos ciudadanos. Dirán que lo que hace falta son personas comprometidas los 365 días del año con la democracia; espontáneos y desinteresados contralores pro bono de cualquier acto de nuestras autoridades electorales, incansables impulsores de un desaforado republicanismo naif. Parece, sin embargo, que la explicación está en otra parte. Quizá el problema no radica —al menos no principalmente— en la falta de virtudes cívicas colectivas, sino de autoridades que cumplan con ciertos estándares mínimos, en árbitros que establezcan de forma congruente las reglas del juego del que ellos también son partícipes, que puedan seguir,
aunque sea mínimamente, los parámetros que exige el principio de legalidad en cualquier Estado que se jacte de ser una democracia constitucional.

Y es que, tal y como lo conocemos, el modelo de justicia electoral que tenemos data de 1996. Es por demás sintomático que, a casi 25 años del nacimiento del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), buena parte de la ciudadanía en México no sólo tenga un desconocimiento casi absoluto de sus labores, sino que también cada vez resulte más difícil defender sus bochornosas actuaciones

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