Protestas y brutalidad policiaca durante la pandemia – PEV

Protestas y brutalidad policiaca durante la pandemia

Por: María Inclán, Profesora-Investigadora, División de Estudios Políticos

El confinamiento generado por la crisis sanitaria por COVID-19 comenzó unas semanas después de la marcha conmemorativa por el Día Internacional de la Mujer del 8 de marzo y la última protesta masiva del movimiento contra la violencia feminicida en el país a la fecha. Durante la Jornada de “Sana Distancia” en México, sin embargo, han continuado las protestas, la mayoría de ellas pacíficas—desde  protestas del personal de salud pública demandando condiciones de trabajo e insumos adecuados para protegerse y poder atender a la población infectada y las de los padres de niños con cáncer demandando la provisión de medicamentos, hasta las caravanas motorizadas contra la administración de Andrés Manuel López Obrador. En los últimos días, sin embargo, hemos sido testigos de protestas contra la brutalidad de la policía en Estados Unidos que han sido reprimidas con violencia desmedida.

Los eventos recientes de movilización y represión en medio de la pandemia generan al menos dos preguntas fundamentales. Primero, ¿cómo es posible y qué explica la movilización social en un contexto de movilidad restringida? Segundo, ¿qué implicaciones tiene el uso de la represión política a la protesta? Es necesario reflexionar sobre los efectos que una crisis multidimensional como la que estamos viviendo puede tener sobre la acción colectiva, en específico, sobre las manifestaciones masivas de protesta y el uso de la violencia en las mismas.

La pandemia del coronavirus ha acentuado las desigualdades socioeconómicas y de seguridad. La posibilidad de confinamiento y distanciamiento social varía por segmento poblacional y tipo de empleo, entre otras características. Esta segmentación se manifiesta además en el acceso a servicios básicos y salud, el nivel de información y comprensión de los riesgos de la enfermedad y acatamiento de las medidas de distanciamiento social necesarias. En consecuencia, algunos grupos son más vulnerables al contagio y a los efectos más agresivos de la enfermedad. En Estados Unidos, la población afroamericana ha padecido los principales estragos de la pandemia, por condiciones preexistentes de salud y de acceso a los servicios para atenderse.

Las desigualdades que la crisis sanitaria actual ha hecho evidente ahora se están catalizando en protestas por necesidades e intereses tanto primarios como apremiantes—servicios de salud, agua, medicinas, seguridad económica y represión política. Pareciera entonces que estuviéramos regresando a los movimientos sociales por compensaciones socioeconómicas tangibles y los nuevos movimientos sociales por compensaciones post-materialistas fueran segregados a un segundo plano. Las crisis suelen tener ese efecto, ya que tanto las demandas post-materiales, como los riesgos de contagio o de seguridad por manifestarse durante una pandemia o bajo la amenaza represiva indiscriminada de un aparato policial militarizado pasan a segundo plano porque la atención a las necesidades y derechos básicos es prioritaria. Es decir, la necesidad de levantar la voz alto, claro y fuerte para defender sus derechos y prerrogativas básicos sobrepasan los costos de la manifestación.

Dado que las crisis tienden a acentuar la protesta por intereses primarios y apremiantes, la respuesta estatal a dichas demandas es crucial para entender los efectos que dichas protestas puedan tener a futuro. En el caso de las protestas contra la brutalidad de la policía en Estados Unidos, el presidente Trump ha respondido con violencia clara contra los manifestantes y ha llamado a los gobernadores a solicitar el apoyo de la guardia nacional, pero los gobernadores se han abstenido de hacerlo. Dadas estas potenciales respuestas dispares, ¿qué impacto puede tener la protesta?

El efecto de la actividad de protesta sobre la política normalmente ocurre a través de la atención de los medios a las manifestaciones. La cobertura mediática influye a la opinión pública al respecto y esa opinión pública suele traducirse en mayor movilización activista y/o electoral. Dependiendo de lo imperante de las necesidades, la intensidad de las protestas, la respuesta estatal y la cercanía con las siguientes elecciones, la población manifestará su opinión pública en las urnas con esa misma intensidad. El paso del tiempo puede diluir la protesta, pero los efectos de la crisis sanitaria-económica pueden acentuar los agravios que propiciaron las manifestaciones. Es por eso que las crisis también ponen a prueba la capacidad del estado para responder. Y más que nunca ponen la mira en la respuesta de las autoridades.  

La represión estatal tiende a motivar la actividad de protesta, más si esta es desproporcionada y racista, como en el caso del arresto de George Floyd y la contención policiaca a las protestas que su muerte está generando. Las concesiones parciales, procedimentales, o de manejo del conflicto suelen tener el mismo efecto. Si a esto sumamos la negación de los agravios de la población afroamericana, la respuesta será más contenciosa, como lo atestiguamos también en el caso del movimiento feminista mexicano. Si además se trivializan las demandas del movimiento con declaraciones autocomplacientes sobre su supuesta atención a las demandas de la población afectada, la falta real de atención estatal tendrá costos incalculables de vida y en la salud de la población. Si topamos esta ya crítica situación con la falta de protección estatal al empleo y los salarios los agravios socioeconómicos solamente podrán crecer, acentuarse aún más.

En el contexto actual, la pandemia no parece tener un fin cercano. Sus consecuencias apenas comienzan y las respuestas de las autoridades han sido erráticas, insuficientes y violentas. Las protestas anti-racistas en Estados Unidos llevan ocho días. La radicalización de la protesta inicial fue una respuesta visceral a la indignación por el último caso registrado de violencia policiaca racista, pero conforme pasan las noches va quedando cada vez más claro que los disturbios no son generalizados y parecieran estar organizados por grupos supremacistas, contrarios al movimiento #blacklivesmatter. La represión estatal ha ido en aumento, no así la contención de motines. Las descalificaciones del gobierno federal al movimiento van en aumento también, no así la atención de su demanda de justicia. Mientras más se agudice las crisis de violencia y mientras más duren las crisis sanitaria y socioeconómica, más presentes estarán las demandas de los movimientos sociales en los medios y la opinión pública y todo esto sin duda se reflejará en el comportamiento político futuro de los ciudadanos, tanto en su activismo contencioso como electoral.

Desgraciada y seguramente veremos un aumento de contagios relacionados con la actividad de protesta. Afortunadamente también comenzamos a ver ya voces tanto afines como opositoras alzando la voz en contra de la brutalidad policiaca y proponiendo acciones concretas para terminar con ella.

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