¡Algo habrán hecho! Sesgos de clase en la percepción de las víctimas de la violencia – PEV

¡Algo habrán hecho! Sesgos de clase en la percepción de las víctimas de la violencia

Reseña del artículo “They Must Have Done Something! Socioeconomic Status and Citizens’ Support for the Victims of Violence.” Victims & Offenders, DOI: 10.1080/15564886.2020.1850584

Por: Daniel Zizumbo, Profesor-Investigador, Programa de Política de Drogas, CIDE

Por lo menos desde hace medio siglo, la opinión pública ha tomado un papel preponderante como directriz de las políticas de seguridad alrededor del mundo. Hoy en día, más que responder a la variación en los niveles de crimen o a las necesidades de rehabilitación de los criminales, cada vez más, los tomadores de decisiones responden a las percepciones de inseguridad de la ciudadanía y a su deseo de contar con un estado fuerte y eficaz. En este contexto, el deseo del público de proteger los derechos, honor y vida de las víctimas juega un papel clave como timón de la política pública.

Las imágenes de las víctimas de la violencia jugaron un papel crítico al final de la guerra de Vietnam, al inicio de la guerra contra el terrorismo y, por supuesto, antes y durante la guerra contra las drogas en México. Sin embargo, no todas las víctimas de la violencia desatan la misma empatía por parte del público.

Mientras que las víctimas de ataques terroristas en países desarrollados han atraído un amplio apoyo social, las víctimas en países en desarrollo (e.g. Colombia, Pakistán, Congo) han atraído un apoyo más tenue. Asimismo, mientras que los secuestros y ejecuciones de empresarios, políticos y figuras culturales han generado fuertes reacciones políticas y sociales, los miles de ataques contra familias marginalizadas han atraído, relativamente, menos atención. En mi más reciente estudio, investigo la forma en la que el estatus socioeconómico sesga la percepción ciudadana de las víctimas de la violencia.

Para hacerlo, analizo datos provenientes de un experimento incluido en la Encuesta Nacional de Violencia Organizada (ENVO). La encuesta, realizada a una muestra aleatoria de ciudadanos y élites tras uno de los años más cruentos de la guerra contra las drogas (2012), incluyó una breve historia en la que se describe a un hombre quien, como muchos en México, fue encontrado sin vida en la cajuela de un automóvil abandonado.

La historia fue leída de forma idéntica a todos los entrevistados, sin embargo, a una mitad elegida al azar, se le leyó que el hombre asesinado trabajaba como “lavacoches en la calle” mientras que a la otra se le explicó que el hombre trabajaba como “doctor en una clínica”. Esta variación, al ser implementada al azar, nos permite dividir a los entrevistados en dos grupos idénticos en sus antecedentes, disposiciones, y actitudes hacia las víctimas de la violencia. Esto es crítico ya que, en el día a día, las víctimas pobres y ricas son diferentes en muchas más cosas que en su estatus socioeconómico, lo cual, puede generar sesgos y, potencialmente, derivar en conclusiones injustificadas y estigmatizantes.

Tras escuchar la historia, a todos los entrevistados se les increpó sobre su percepción de la víctima. Debido a que los grupos son idénticos en promedio, cualquier diferencia entre la proporción de entrevistados que culpabiliza a la víctima se explica solo por la forma en la que se describió a la misma.

En línea con la idea de que la ciudadanía mantiene un sesgo de clase, encuentro que las víctimas son 3.85% más propensas a ser culpabilizadas cuando provienen de un estrato socioeconómico bajo que cuando provienen de uno alto.

Este hallazgo en sí mismo tiene importantes implicaciones sociopolíticas. Sin embargo, debido a la profunda inequidad que existe en la representación democrática, es importante evaluar el grado en el que la posición socioeconómica del observador modera este sesgo de clase. Después de todo, individuos en diversos estratos de la escala socioeconómica reciben distinta formación, están expuestos a diferentes contextos informativos, mantienen distintas identidades de clase y, en consecuencia, suelen tener distintos sesgos de clase.

Para hacer esto, evalúo el efecto de la clase social de la víctima entre ciudadanos en diferentes posiciones socioeconómicas. Una vez más, en línea con la idea de que las divisiones socioeconómicas desempeñan un papel importante en la forma en la que vemos la violencia, encuentro que el sesgo en contra de las víctimas de diferente clase social varía en función del estatus del observador. La culpabilización de las víctimas más pobres es más fuerte entre los ciudadanos que se describen como de clase socioeconómica alta, tienen un mayor ingreso, tienen una ocupación más prestigiosa, y tienen un mayor nivel educativo (Figura 1).

Figura 1. Sesgo Socioeconómico Diferenciado

Este hallazgo es crítico ya que, como también muestra el estudio, las presuposiciones de los individuos sobre las víctimas de la violencia influyen fuertemente su deseo de justicia (la reducen en casi 20%) y a su tolerancia por la impunidad (la aumentan en 24%). Esto sugiere que la inequidad en el trato a las víctimas de diferentes estratos socioeconómicos podría surgir mucho antes de que sus casos lleguen a los pasillos de la justicia formal. En la medida en la que los ciudadanos de diversos estratos socioeconómicos tienen diferentes niveles de influencia en los movimientos sociales, los medios de comunicación, y los procesos democráticos, los actores políticos enfrentan incentivos desiguales al lidiar con distintas víctimas de atrocidades criminales.

Esta inequidad en incentivos podría, por un lado, llevar a los movimientos populares a estigmatizar y aislar a víctimas percibidas como privilegiadas. Por el otro, podría llevar a las élites políticas a acentuar las injusticias estructurales que, de por sí, enfrentan los sectores más pobres de la población. Los resultados de este estudio subrayan la urgencia de atenuar un discurso polarizante que enfatiza el conflicto de clase. En medio de una crisis de inseguridad como la que viven México y otros países latinoamericanos, un discurso que representa a los ciudadanos de diferentes estratos socioeconómicos como moralmente desiguales no puede más que dificultar la empatía necesaria para lograr una sociedad más justa.

Nota final: El autor desea agradecer a Andreas Schedler, Gerardo Maldonado y a todos los profesores y estudiantes que participaron en la implementación de la ENVO. En caso de desear una copia gratuita del estudio en ingles, por favor escriba al autor a:daniel.zizumbo@cide.edu