Violencia entre carteles y Estado: El misterio de una guerra que no debía ser – PEV

Violencia entre carteles y Estado: El misterio de una guerra que no debía ser

Por: Rafael Pabón, exalumno de la Maestría en Ciencia Política, generación 2018-2020

El 5 de mayo de 2015 un lanzacohetes de fabricación soviética derribó un helicóptero EC725 Cougar de las Fuerzas Armadas Mexicanas. La escena, que podría haber sido sacada de un escenario de combate de la Guerra Fría, sucedía a medio camino entre los municipios de Casimiro Castillo y Villa Purificación, en el Estado de Jalisco. Notorio por su planificación y ejecución “perfectamente diseñada”, el episodio estaba lejos de ser el primer ataque armado que los grupos narcotraficantes lanzaban contra el Estado mexicano. En su libro Violencia y paz en la guerra contra las drogas—versión traducida al español por la Universidad de los Andes de Colombia, de su libro Making Peace in Drug Wars editado por Cambridge University Press—Benjamin Lessing explica que, desde 2004, México vive una “violencia armada sistemática adelantada por los carteles contra las fuerzas estatales”, que alcanzó sus máximas cotas en 2019.

En la presentación del libro, organizada por el Programa para el Estudio de la Violencia (PEV) CIDE—en colaboración con el Centro de Estudios Latinoamericanos y el Centro de Ciencias Sociales de la Universidad de Chicago—el profesor investigador del departamento de Ciencia Política de la Universidad de Chicago discutió los pormenores de un fenómeno que representa una de las más intrigantes amenazas a la seguridad estatal en los tiempos contemporáneos: ¿Por qué atacan los carteles al Estado? o, aún más importante, ¿qué condiciona el tipo de políticas adoptadas por el Estado para reprimir a los carteles? Con la moderación de la profesora del CIDE Sandra Ley, el evento virtual contó con la presencia de Alejandro Hope, analista de seguridad, y Lisa Sánchez Ortega, directora general de México Unido Contra la Delincuencia.

La espectacularidad del caso mexicano no es única. Dos décadas antes de que la guerra contra el narco se desatara en todas sus sangrientas dimensiones actuales, Pablo Escobar ya había inaugurado el fenómeno estudiado por Lessing en su libro. El asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en 1984, el atentado a un avión de la aerolínea colombiana Avianca en 1989, los incontables ‘carros bomba’, y, posiblemente, la toma al Palacio de Justicia en 1985, son todos ejemplos del caos que una organización criminal con recursos e incentivos puede desatar al interior de un país. En Brasil, el otro caso estudiado por el doctor de la Universidad de Berkeley, es bien sabido que en las favelas, pequeños microestados instalados en el corazón de la ciudad más famosa del país carioca, los carteles—especialmente el Comando Vermelho—luchan de tú a tú contra las fuerzas policiales desde mediados de los 80.

La intensidad de la represión del Estado hacia el negocio del comercio de drogas y el grado de condicionalidad de esta represión son las dos piezas fundamentales de la teoría de Lessing, que da orden al caótico mundo de los conflictos entre carteles y Estado. En Colombia fue la intensa ofensiva iniciada por el Gobierno lo que llevó a los carteles a pasar de una actitud más bien pasiva hacia una contestataria, algo similar a lo vivido en las favelas de Río de Janeiro; y, desde luego, es bien sabido que la guerra sin cuartel contra el ‘narco’ iniciada por Calderón dio paso a uno de los periodos más sangrientos de la historia de México. Los peores momentos de estos conflictos coinciden en lo mismo: la guerra era total.

Solo cuando la condicionalidad de la violencia del Estado aumentó, disminuyeron los ataques de los carteles a los gobiernos que les hostigaban. Este es, sin embargo, una de las claves del problema. Como señaló Alejandro Hope durante la presentación, “¿cómo haces digerible para la opinión pública que tienes que perseguir a uno u otro cartel?”. Para aplicar una violencia condicional es necesario ponerla en reserva, lo cual implica castigar solo a los grupos narcotraficantes que atacan al Estado. Para el analista, antiguo miembro del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), el costo político de ir por los traficantes con menos que todo es bastante alto.

Este es solo uno de los obstáculos, sin embargo. Como bien añadió Lisa Sánchez, incluso si se logran superar los problemas de un electorado reticente, todavía queda la ardua tarea de reunir la inteligencia necesaria para aplicar violencia condicionada en la práctica. La activista y defensora de derechos humanos apunta hacia las pobres capacidades del sistema judicial mexicano como una de las claras señales de la falta de capacidad estatal para aplicar una violencia condicional efectiva. ¿Cómo cortar con bisturí la raíz de los sujetos u organizaciones problemáticas, si el Estado solo cuenta con un martillo? Es probable que haya daños profundos.

La última década ha visto una clara sensación de desgaste con respecto al tema de la guerra contra las drogas en los países que Lessing estudia. Si bien el resto del mundo se puede permitir el lujo de la contemplación lejana, el panorama general es de fracaso. Conceptos como la criminalización del consumidor empiezan a ser reevaluados para dar paso a nuevas visiones que asumen la drogadicción como un problema de salud pública. De igual forma, se están abriendo caminos para empezar a legalizar drogas que anteriormente se consideraban ilícitas—principalmente la marihuana—. Junto con todo esto, la idea de extirpar el tumor del narcotráfico de los países productores y traficantes también necesita un replanteamiento.

Violencia y paz en la guerra contra las drogas pone en diálogo estrecho al mundo de la investigación académica y el de la formulación de políticas públicas. Un punto de partida que permita reducir la violencia que los carteles dirigen hacia las fuerzas del estado es un punto de partida para reducir el flagelo de la violencia en general, contra civiles e, incluso, entre los mismos carteles.

Benjamin Lessing y su obra dejan esta idea clara, la cual no compete tan solo a tres países productores y comercializadores de cocaína. Con una agenda fuertemente marcada por la política  estadounidense,  es imposible asumir cambios significativos en el tema sin un giro en la percepción del país norteamericano. La guerra contra las drogas es una bomba de tiempo. Cualquier país consumidor con una política represiva incondicionada de distancia desatará en sus propias calles altos niveles de violencia, particularmente cuando los carteles siguen aumentando sus capacidades militares y trascienden a las fronteras nacionales.