Retos de las prisiones en América Latina – PEV

Retos de las prisiones en América Latina

‘En el PEV también buscamos ofrecer espacios a estudiantes a mitad de sus estudios para que puedan publicar análisis breves. El siguiente artículo es muestra de ello’

Nicolás Martínez Santos, Estudiante de 6° semestre de Licenciatura CP y RI

En las últimas dos décadas los gobiernos de América Latina han intentado disminuir la criminalidad aumentando los encarcelamientos sin que esta política haya tenido éxito. Al respecto, el pasado 9 de abril de 2021, el Programa para el Estudio de la Violencia del CIDE organizó la presentación del libro Prisons and Crime in Latin America de Marcelo Bergman y Gustavo Fondevila qué fue comentado por Lucía Dammert y Benjamin Lessing. La discusión la moderó Ximena Medellín, profesora del CIDE.

A lo largo de la presentación, se reiteró que las cárceles no están funcionando para reinsertar socialmente a las personas que cometen algún delito. Por el contrario, las prisiones generan más crimen, no lo disminuyen. Más aún, el encarcelamiento tiene un efecto negativo en las familias de las personas detenidas.

Para realizar su análisis, Bergman y Fondevila llevaron a cabo ocho mil encuestas representativas en ocho países de América Latina: México, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Perú, Chile, Argentina y Brasil (únicamente Sao Paolo). De acuerdo con su investigación, la región tiene su propia lógica penitenciaria debido a los factores de flujo (las personas entran y salen de la cárcel ya que son sentencias relativamente cortas de entre dos y cuatro años) y porque la mayoría de los presos son por delitos de bajo impacto como robo y posesión de drogas.

Es importante mencionar que, a pesar de que no existe evidencia que respalde la efectividad del encarcelamiento masivo, continúa siendo una política ampliamente usada por los gobiernos de América Latina. De acuerdo con Bergman, la población penitenciaria ha aumentado 200% en las últimas dos décadas y, actualmente, hay 1,600,000 personas presas en la región. En general, las personas encarceladas representan un porcentaje alto de la población en comparación de otras democracias (excepto Estados Unidos). Además, este efecto va en aumento. Como estableció Fondevila, Brasil tiene cerca de 600,000 personas privadas de la libertad y se estima que para 2025 serán alrededor de un millón. Esta cifra es aún más alarmante cuando lo comparamos con México, que es un país similar en tamaño y población, pero que tiene alrededor de 200,000 personas privadas de su libertad.

Los autores encontraron que el encarcelamiento promueve el delito en lugar de disminuirlo porque las personas reclusas adquieren nuevas habilidades delictivas y generan redes criminales que son funcionales tanto dentro como fuera de la cárcel. Para las personas privadas de la libertad, la prisión se convierte en parte central de su carrera criminal, ya que además de generar contactos con otras redes criminales, las probabilidades de reincidencia son muy altas. Incluso, para algunas, la cárcel es la única forma de obtener comida y techo, por lo que la prefieren antes que la vida en la calle.

De acuerdo con Fondevila, las redes criminales se fortalecen con la reclusión. Esto es así porque existen ganancias por la administración de mercados ilícitos dentro de la cárcel, principalmente por el tráfico de drogas y otros bienes. Así, las cárceles pasan a ser un espacio más de disputa entre los distintos grupos criminales con presencia tanto dentro como fuera de la cárcel y que buscan fortalecer a su organización. 

El encarcelamiento también tiene efectos negativos importantes en las familias de las personas privadas de la libertad y, por ende, en la sociedad en general. En primer lugar, debido al reducido presupuesto que tienen los sistemas penitenciarios en la región, las familias se encargan de mantener a su familiar preso. Les proveen de recursos indispensables para sobrevivir en la cárcel como dinero, comida y medicinas, incluso les facilitan el acceso a drogas para su consumo y venta. Sin embargo, es importante destacar que este es un fenómeno que se da para los internos hombres, ya que las mujeres en prisión con frecuencia son abandonadas por sus familias.

En segundo lugar, la investigación demuestra que las personas que sufren la detención de un familiar tienen mayores probabilidades de ser detenidos. Al respecto, Bergman mencionó que en la última década diez millones de menores, por lo menos, han tenido algún padre preso. Por ello, podemos esperar que la población carcelaria en América Latina aumente en los siguientes años.

Si bien no fue posible ahondar en el análisis comparativo de las prisiones y conocer las características sociodemográficas de las poblaciones penitenciarias, es importante enfatizar que el libro recorre múltiples países e incluye un capítulo específico para entender la naturaleza del encarcelamiento de las mujeres en América Latina, lo que sin duda es un aporte adicional de la investigación de ambos autores a este tema tan complejo.

Este libro es importante porque muestra que las cárceles no logran su cometido: no disuaden a las personas de cometer algún delito, no las inhiben de delinquir dentro de la cárcel, ni se les reinserta socialmente después de cumplir su condena. Con datos duros, Bergman y Fondevila muestran las principales carencias del sistema penitenciario en la región y cómo funciona el círculo vicioso en el que las personas que cometieron algún delito están prácticamente atrapadas. En lo personal, el libro me motiva a estudiar el impacto que puede tener la descriminalización de la posesión simple de la marihuana— proceso que cada vez tiene mayor apoyo en la región—dado el amplio número de personas que son detenidas por este delito y por el cual deben pasar, al menos, un par de años en la cárcel.

Por último, es indispensable destacar que la investigación nos invita a cuestionar la prisión como forma de resolver la criminalidad en la región. No se trata simplemente de mejorar las condiciones carcelarias, sino de repensar por completo el sistema penitenciario. Debemos ser creativos y críticos con las posibles soluciones. Podemos empezar por la reconfiguración de la cárcel como espacio de reclusión y reinserción social de delincuentes que cometieron delitos de alto impacto como homicidio, violación o desaparición, en lugar del espacio para confinar principalmente a personas detenidas por delitos menores como robo o portación de alguna droga ilegal.

Sin duda alguna, Prisons and Crime in Latin America debe ser referente de quienes nos queremos dedicar profesionalmente al tema de seguridad, especialmente en el ámbito de procuración de justicia y rehabilitación social.