Reflexiones en torno a “Crimen y Violencia en América Latina: Representaciones, Poder y Política” – PEV

Reflexiones en torno a “Crimen y Violencia en América Latina: Representaciones, Poder y Política”

Lorena Torres Salmerón, estudiante de la maestría en Ciencia Política del CIDE

“Crimen y Violencia en América Latina: Representaciones, Poder y Política” reúne once piezas de un mosaico analítico sobre la violencia, que colaboran a un ejercicio de comprensión, quizá, no suficientemente explorado antes de este volumen. Las representaciones y las percepciones de la violencia, argumentan los autores, tienen consecuencias reales y directas en la producción y reproducción de la misma. Esto es cierto para los distintos países de América Latina examinados en este libro: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Guatemala y México.

El libro, editado por Gema Kopple-Santamaría y David Carey Jr., demuestra cómo los esfuerzos por entender la violencia –y la implantación de las políticas públicas que se derivan de tal trabajo– no son aún suficientes.  Dos ejes se coordinan, desde hace tiempo, en torno a esos intentos aún fallidos. Por un lado, están las deficiencias en la capacidad del Estado; por el otro, subsisten desigualdades inherentes a la violencia estructural. Se requiere más, advierte este libro, para entender el fenómeno de la violencia y los tipos de intervención que su ocurrencia nos exige.

La premisa central de este texto apunta hacia un entendimiento de las dinámicas de la violencia desde el análisis de las representaciones simbólicas, los esquemas culturales y el discurso, en diferentes países de América Latina y en diversos periodos históricos. Así, un argumento central se refiere al papel de la responsabilidad civil en la reproducción de la violencia, más allá de la que se le adjudica al Estado. El silencio frente a las diversas manifestaciones de violencia en la región se sostiene a partir de la legitimización, normalización y justificación de la violencia y el abuso de poder. En consecuencia, comprender la lógica detrás de las representaciones y el discurso de la violencia se convierte en un ejercicio fundamental para atender las altas tasas de homicidio en la región.

Diferentes capítulos elaboran este argumento desde distintos análisis. Kopple-Santamaría analiza la violencia extralegal como justificación. En sus respectivos textos, Pablo Piccato y Amy Chazkel analizan dimensiones de abuso de poder desde las fuerzas del Estado. Por su parte, David Carey Jr. muestra las diferentes formas de violencia que se sostienen por hacer tajantes distinciones de etnia, mientras que Roberto Alegre lo hace en relación con la orientación sexual –a partir de un análisis acerca de la construcción de marcos legales que criminalizaron abiertamente las prácticas homosexuales. Por último, Daniel Núñez, Angélica Durán-Martínez, Enrique Desmond Arias y Kayyonne Marston, esbozan lógicas de violencia detrás de lo que Estado y la sociedad han decidido que será visible o invisible en nombre de la reproducción de la violencia y a partir de las relaciones que creamos con el aparato de seguridad y justicia.

Un estudio desde esta perspectiva conlleva necesariamente a una reflexión sobre el deber moral por parte de la sociedad para comprender y analizar las razones, causas y consecuencias de la violencia que vemos, pero preferimos ignorar. Como lo refiere Cecilia Menjívar en el prefacio del libro, tal reflexión se vuelve “tan importante como los actos violentos para crear respuestas ante dicha violencia”.El silencio mismo y la ceguera selectiva—evidenciada en el análisis realizado por Desmond Arias y Marston— también afectan la manera en la que entendemos la violencia y el crimen. El silencio constituye una dimensión y una dinámica de violencia en sí misma, como lo muestra este libro.

La justificación en torno a la violencia debe ser tratada con cautela. Enuncio lo anterior a partir de lo establecido por Hannah Arendt, al plantear que la violencia nunca es legítima, solamente justificable (2006, 71-72). No obstante, la manera en la que ha sido justificada hasta ahora ha demostrado no ser la opción. Debemos entender los simbolismos que sostienen esta dinámica de violencia para dejar de reproducirlas de las formas que lo hemos hecho.

La deficiencia estatal y el abuso de poder habían sido el eje de explicación para los altos niveles de violencia, abuso de poder, criminalidad, y discriminación. Sin embargo, el enfoque de una discusión centrada en una narrativa distinta en este libro nos conduce a un nuevo entendimiento de imperativos morales que la sociedad debe perseguir para poder reaccionar ante las estructuras de poder que dominan las dinámicas de violencia en la región. Las divisiones de sexo, etnia, género y raza siempre han sido fuente de distinción, pero debemos entender de qué forma se sostienen y se producen, para que sean acogidas, a veces incluso sin la necesidad de ejercer ni reproducir la violencia.

Otros capítulos del libro –por ejemplo, los escritos por Luis Herrán Ávila o Gabriela Torres– nos demuestran las dinámicas de las élites que logran producir, desde el poder, discursos que perpetúan una distinción, un silencio como reacción, y, por lo tanto, una violencia intrínseca. De nuevo, el libro reitera el papel de distintos sectores de la sociedad, más allá de las instituciones del Estado, revelando también el papel de sectores específicos, como las élites de cada país.

El texto reconoce implícitamente los esfuerzos llevados a cabo por las movilizaciones de la sociedad civil para hacer frente a la violencia. Para observar, para no ignorar y para demandar. No obstante, alude a la responsabilidad social e individual que conlleva el entendimiento de los simbolismos y las representaciones, generadas a partir de la historia y el contexto cultural de cada país en la región, para dejar de reproducir violencias normalizadas y justificadas.

Además, el libro permite dar cuenta de qué hay dimensiones de la violencia que, aunque no las ejerza uno mismo, está en nosotros reproducirlas. Demuestra, también, que se pueden entender las representaciones y los discursos que nos constituyen desde otra perspectiva, para hacer frente al silencio y dejar de ignorar dimensiones violentas que posicionan a la región como una de las más violentas. Un cambio de énfasis en la categoría de análisis que ocupa la violencia nos abre la puerta a rutas esperanzadoras para pensar en diferentes formas de hacer frente a niveles desbordantes de violencia.