Las relaciones sexo afectivas como institución política: un análisis de la perspectiva radical, el amor romántico y la postura liberal – PEV

Las relaciones sexo afectivas como institución política: un análisis de la perspectiva radical, el amor romántico y la postura liberal

Alexa Pérez, Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, 2017-2021

En la historia que se ha contado hasta ahora, los hombres han sido los actores principales; pues esta ha sido escrita por y para ellos. Las mujeres, por otra parte, han participado en  innumerables luchas de distinta índole todas ellas encaminadas a lograr el mismo objetivo: eliminar la opresión. Así, grandes mujeres se han rebelado contra un sinfín de instituciones patriarcales. Sin embargo, hay algunas que suelen ser más difíciles de identificar y, por tanto, de confrontar. Como lo ha advertido Adrienne Rich,  la heterosexualidad pocas veces ha sido pensada como una institución política (Rich, 2003). En consecuencia, no es común analizar y comprender las relaciones sexo afectivas como una lucha de poder. Por tanto, resulta relevante cuestionar, desde una perspectiva histórica, ¿de qué manera las relaciones sexuales han actuado como una institución política para las mujeres? Al respecto es posible identificar al menos dos posturas. Por un lado,  la de autoras  como Adrienne Rich, Kate Millet y Andrea Dworkin que consideran estas relaciones como una extensión de la opresión patriarcal para subyugar a las mujeres; por otro lado, están las pensadoras del movimiento sex-positive (por ejemplo, Gayle S. Rubin) que contemplan la actividad sexual como una forma de liberación/empoderamiento femenino.

En este sentido, hay un gran debate respecto al papel del feminismo, la sexualidad y la manera en que ésta se debe entender para lidiar con las imposiciones patriarcales. La sexualidad, como cualquier otra institución, se define de acuerdo con las normas sociales de un momento histórico determinado y los conflictos de interés e influencias políticas. Por ello, hay periodos en los que el sexo se ha encontrado mayormente politizado. Uno de los ejemplos más claros fue el surgimiento de las cruzadas morales durante el siglo XIX. [1], a partir de las cuales se inició la promoción de la “histeria erótica” para la “protección moral de los ciudadanos”.  Desde entonces,  tales regulaciones fungieron como un precedente para marginar las “desviaciones” sexuales con base en argumentos éticos y morales (Rubin, 1989).

En la actualidad, la politización de las conductas sexuales sigue vigente y se  encuentra asociada con la ideología neoconservadora y con la “nueva derecha.” Esta ideología se ha encargado de condenar la educación sexual, la homosexualidad, la pornografía, el aborto y el sexo premarital (Rubin, 1989).[2] Así, aún hoy en día, estos preceptos han fungido para restringir las libertades de acuerdo con lo que se considera lo “normal” y lo “desviado.”

En lo que respecta a los debates feministas, han surgido dos grandes corrientes contrapuestas: “la perspectiva radical” y “la perspectiva liberal.” La divergencia entre ambas tiene que ver con sus postulados y  sus distintos enfoques y estrategias es para lidiar con las instituciones patriarcales. Las feministas radicales han cuestionado el sexo heterosexual por su vinculación con prácticas como la prostitución, la pornografía, las relaciones intergeneracionales, el sadomasoquismo.[3] Por su parte, las mujeres que se  identifican con la corriente liberal se posicionan a favor de cualquier práctica sexual consensuada que privilegie el placer (Ferguson, 2019) . En este sentido, la discusión entre ambas visiones  involucra una cuestión moral. La corriente liberal rechaza los argumentos radicales ya que concluye que éstos provienen de un sector conformado por mujeres conservadoras que estigmatizan las preferencias de las minorías sexuales, satanizan la liberación e idealizan la vida sexual. Mientras que, irónicamente, las radicales argumentan su rechazo a las visiones conservadoras porque reducen el valor de una mujer a su estatus marital, a sus prácticas sexuales o a su virginidad (Ferguson, 2019).

Ahora bien, vale la pena ahondar en las posturas. Dentro de la perspectiva radical hay exponentes como Rich, Millet y Dworkin. Rich establece que las mujeres han sido forzadas a sostener relaciones heterosexuales por medio de métodos que van desde la sujeción física hasta la coerción psicológica. Según Rich, las mujeres han sostenido relaciones sexo afectivas con los hombres como una forma de evitar el rechazo social y asegurar su supervivencia económica (Rich, 2003). Millet argumenta que los valores patriarcales impiden que las mujeres se desarrollen en cualquier ámbito sin sentirse coaccionadas por ideales masculinos que determinan cómo debe ser una mujer. Así, las relaciones sexo afectivas son creadas por y desde la “otredad”; por lo cual las mujeres nunca tendrán la capacidad de liberarse o empoderarse aun cuando se les permita disfrutar de actividades anteriormente  asignadas exclusivamente a los hombres, en este caso la sexualidad (Millet, 1970). Finalmente, Dworkin concuerda con que las relaciones sexuales tienen la función de subordinar a la mujer,  como si se tratara de una violación constante del cuerpo (Dworkin, 1987).

Una cuestión transversal a las críticas de la postura radical tiene que ver con el amor romántico. Para ellas este tipo de vinculación afectiva tiene como método principal de cooptación las relaciones sexuales y perpetúa la idea de que las mujeres podrían ser correspondidas algún día si renuncian a sí mismas (Herrera, 2018). En este sentido, el amor romántico crea una dependencia emocional y subyuga la libertad e independencia de las mujeres; las coloca en  un estado de subordinación; las separa de su identidad, y contribuye a normalizar la violencia. En palabras de Shulamith Firestone: “el romanticismo no es más que un instrumento cultural de poder masculino, cuya finalidad es mantener a las mujeres en la ignorancia de su condición” (Firestone, 1970).

Por su parte, dentro de la postura liberal encontramos autoras como Rubín y los postulados del movimiento sex-positive de los 80´s. En esencia, este movimiento estipula que la liberación sexual es un componente básico de la libertad femenina (Rodríguez, 2005), por lo que  pensar que las mujeres necesitan ser protegidas ante el ejercicio de la sexualidad refuerza estereotipos paternales y victimizantes (Alonso, 2017).  De esta manera, la libertad sexual es vista como una vía para derribar los parámetros patriarcales de las prácticas sexuales “normales”, donde la mujer es sumisa y no busca su placer. Asimismo, Rubin considera que el Estado y el conservadurismo son parte del patriarcado y, como tales, condenan el placer y la sexualidad para perpetuar su domino y reforzar la “normalidad” desde los roles de género tradicionales (Rubin, 1989).

En este sentido, para Rubín el sexo es una fuerza natural que existe antes de la vida social. Es decir que pensar la sexualidad  como una derivación de los constructos sociales es una herramienta creada por las culturas occidentales para relegar a las minorías con base en una estigmatización de  sus preferencias sexuales y, al mismo tiempo, concederle poder a los grupos dominantes.  En este sentido, la sexualidad tiene más que ver con ideas racistas y discriminatorias que con la búsqueda de principios ajustados a la ética. En otras palabras, se trata de un arma de la sociedad hetoronormada y patriarcal para crear fricciones entre los grupos sociales con el fin de perpetuar el estatus social impuesto (Rubin, 1989). Es así como, para la postura liberal, el patriarcado no permite que la dimensión natural del deseo sea explorada; es decir, para ellas la sexualidad es algo “puro” y aceptarlo como tal implica la negación de las instituciones patriarcales.

En síntesis, las relaciones sexuales han actuado como una institución política para las mujeres a lo largo de la historia: por un lado han servido como un mecanismo de opresión; por otro, como un medio de liberación femenina. Si bien existen  diversos cuestionamientos respecto al impacto que las relaciones sexo afectivas tienen en la vida de las mujeres, desde ambas perspectivas la institucionalización patriarcal de la sexualidad ha servido para empoderarlas. Es decir, ha fomentado  el cuestionamiento por parte de las mujeres sobre actos tan básicos como las necesidades fisiológicas y su relación con el sistema patriarcal. Tanto las feministas liberales que buscan empoderarse a partir de la apropiación de lo que es socialmente “correcto”, desde la perspectiva  del sexo heterosexual, como las feministas radicales que persiguen el mismo objetivo, pero con base en el rechazo de la imposición social del sexo heterosexual, se rebelan contra las normas impuestas por un orden social.

Es importante mencionar que la politización de las relaciones sexuales ha contribuido a que las mujeres se rebelen contra el status quo, luchen contra la imposición de reglas sobre su cuerpo y su sexualidad y la manera en que el mundo las define. Así, el papel que la politización del sexo ha jugado en el feminismo es de gran relevancia. A lo largo de la historia, todas las instituciones han sido creadas por y para hombres. En este sentido, más allá de la evidente falta de consenso respecto a la manera de  resistir esta imposición, la mera politización de la sexualidad ha conducido  a la problematización  sobre las formas de practicar y concebir las relaciones sexo afectivas por parte  de las mujeres y a reconocer la normalización de las ideas patriarcales, a rebelarse y a decidir por sí mismas la definición de su sexualidad.

Si bien el auge de este diálogo y desencuentro teórico tuvo lugar en la década  de los años 80,  la discusión que propició se mantiene vigente. Por un lado, hay mujeres usuarias de redes sociales que emiten expresiones en favor y en contra de la continua explotación de la imagen y sexualidad de las mujeres.  Por otro lado, hay usuarias que defienden la utilización de estos elementos como medio de empoderamiento y liberación sexual. Aunque hasta el día de hoy no hay un consenso respecto a la vía de lucha  contra de la politización de la sexualidad,  el sexo como institución política impulsa a las mujeres a adueñarse de su cuerpo, a cuestionar el orden social y a tomar decisiones sobre sí mismas.


[1] Donde, por mencionar un caso, en los Estados Unidos de América, se aprobó la Ley Comstock en 1873; la cual, regulaba la pornografía. Dicha ley fungió principalmente para fundamentar el arresto de homosexuales y prostitutas.

[2] Ejemplo de ello, es el caso de los Estados Unidos, donde se creó el Family Protection ACT, (FPA).

[3] Desde esta perspectiva se ha argumentado que estás actividades/formas de vivir la sexualidad están relacionadas con maneras sutiles de perpetuar actos de violencia y de subordinación femenina.