Las red flags: la violencia estructural velada – PEV

Las red flags: la violencia estructural velada

Sofía Rivera, Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales del CIDE, generación 2018-2022

Durante los últimos días, tuiter ha estado repleto de emojis de banderas rojas y la expresión red flags ha sido tendencia (El Financiero 2021). Según el diccionario de la Universidad de Cambridge, la expresión es usada como una señal de peligro (Cambridge Dictionary).  En el contexto actual, hace referencia a las señales de riesgo a las que una persona debe alejarse cuando está relacionándose sexoafectivamente con otra. Algunas mujeres comenzaron a los tuits para advertirle a otras mujeres sobre las situaciones que pueden indicar que el hombre con el que están saliendo tiene conductas que pueden ponerlas en riesgo, es decir, situaciones que pueden señalar que el hombre es un potencial violentador y, por ello, no deben ser ignoradas.

            Lo que empezó como un método para visibilizar conductas violentas, que suelen estar normalizadas o aceptadas dentro del amor romántico, no tardó convertirse en chiste —‘red flag: que te diga que le gustó el final de Games of Thrones’­—  o en maneras de justificar por qué muchas veces las mujeres notaban las red flags y aún así decidían seguir en esa relación —‘sí ví las red flags, pero le ví sus ojitos’. Dentro de la amplia gama de tuits, uno era especialmente relevante: “Si amix claro que vi las red flags pero fui criada para ignorarlas y  creer incluso que el poder del amor las haría desaparecer. Empatia plix (sic)” (Pawa 2021).

Todas las mujeres, han sido criadas en un sistema donde la violencia de género estructural incluye una una asimetría de poder en las relaciones sexoafectivas (Bonino 1998, 3-6). El amor romántico subordina a las mujeres hasta el punto de hacerlas ignorar las situaciones de riesgo porque creen que el ‘poder del amor’ lo puede todo o, incluso peor, existe una relación positiva entre amor y violencia. La escritora Coral Herrera menciona que: “[a las mujeres les] hacen creer que es normal odiar y maltratar a alguien a quien quieres, bajo la excusa de que tanto el amor como el odio son sentimientos muy intensos, y los hombres a veces no saben controlar sus emociones, sobre todo cuando nos quieren mucho” (Herrera 2018, 50). Con base en esto, es entendible que las mujeres decidan aguantar e ignorar las red flags porque los hombres no son realmente responsables ni consientes de sus abusos y, en caso de serlo, lo hacen por amor.

            En México, la violencia en las relaciones de parejas no es un tema menor o al menos no debería serlo. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó el año pasado que 43.9% de las muejeres han sufrido violencia por parte de su pareja actual o pasada, es decir, casi la mitad de las mujeres ha sido violentada por su pareja (Instituto Nacional de Estadística y Geografía 2020).  El problema de la violencia de género es tan grave que, en promedio, son asesinadas10 mujeres al día (García 2021). Esto quiere decir que ser mujer implica correr el riesgo diario de ser asesinada. Este último año 3,723 mujeres fueron víctimas de un homicidio. No obstante, México no es un caso aislado. Según el informe de las Naciones Unidas, Global Study on Homicide: Gender-related killing of women and girls, del 2018 “137 mujeres son asesinadas al día en el mundo (…) dos de cada tres asesinatos de mujeres son cometidos por las parejas o familiares” (Naciones Unidas  2018) .

Entonces, ¿qué pasa con las red flags?, ¿es responsabilidad de las mujeres identificarlas siempre para huir?, ¿qué pasa con las mujeres que deciden quedarse a pesar de las señales de alerta son culpables de algo? El caso de tuiter refleja varios problemas sociales. El primero de ellos es que la mayoría de las mujeres han estado o vivido al menos una situación de riesgo o incluso violencia, lo cual refleja que la violencia de género es un problema estructural (Radford 2006, 39; Kelly 1988, 34, 75 y 140). Además, demuestra la  importancia de identificar las prácticas casi imperceptibles de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana ya que son la base de otras formas de violencia de género y pueden dañar gravemente a las mujeres e incluso limitar su libertad (Bonino 1998, 1-5). No obstante, el problema es más complejo. Este caso, nuevamente, refleja la importancia del lenguaje y la necesidad imperante de repensar las relaciones amorosas.

            Es importante considerar que, más allá de los discursos moralinos, el lenguaje refleja mucho. Esto hay que analizarlo en dos grandes ejes. Por una parte, el hecho de que la sociedad esté dispuesta a bromear con algo tan delicado como la violencia de género muestra un problema estructural dado que la normaliza. ¿No es esta otra manera de manera de justificar o minimizar la violencia que sufren las mujeres?, ¿el pacto patriarcal del que forman parte hombres y mujeres no invisibiliza estás dinámicas de riesgo que deberían ser condenadas? Por otra parte, sugerir que las mujeres son responsables de la agresiones que sufrieron o sufren por no haber notado estas ‘señales’, las cuales pueden ser completamente subjetivas, es revictimizador y violento. ¿En verdad es necesario señalar a las víctimas en lugar de condenar al abusador?, ¿estos discursos patriarcales que están disfrazados de chistes inocentes no descicentivan a que las mujeres denuncien a sus agresores al hacerlas culpables de lo que vivieron?

            Todos los miembros de la sociedad han sido educados de tal forma que es fácil violentar a las mujeres de manera inconsciente. Los chistes de tuiter respecto a las red flags no son condenables por sí mismos, sino porque minimizan un problema grave y revictimizan a las víctimas. Las mujeres suelen sentirse culpables y egoístas al momento de poner límites porque los estereotipos de género las educan para priorizar el cuidado sus parejas masculinas (Herrera  2018, 97). Asimismo, este trending topic muestra una gran falta de empatía. Es fácil reconocer las señales de peligro en retrospectiva, pero cuando están sucediendo suelen ser imperceptibles. Hace falta entender que la violencia de género, y la violencia en general, va aumentando gradualmente: los agresores suelen ser encantadores y, aunque muestren red flags, no siempre son evidentes. Sobre todo, es indispensable considerar que la violencia estructural ha educado a las mujeres para que estén subordinadas por el amor romántico para dejar de culparlas y comprenderlas desde la empatía para comenzar un proceso conjunto de reparación. Cada día es más evidente que hay que repensar las relaciones sexoafectivas para que sea una relación entre pares y no una relación jerarquica. Es indispensable construir e imaginar nuevas maneras de relaciones en las que las mujeres ya no sufran (violencia) por amor.